Hacía ya tiempo que teníamos ganas de visitar el Monasterio de Piedra (situado en Nuévalos, en la comarca de Calatayud, Zaragoza) y, por fin, después de muchas tentativas, pudimos visitarlo en el roadtrip que hicimos este mes por Aragón y Navarra y que os iremos contando poquito a poco, ya que hemos descubierto rincones llenos de magia y éste es uno de ellos.


Nadie puede imaginarse, tras ver los alrededores, que tan sólo con cruzar la entrada al Monasterio de Piedra nos vamos a encontrar con la naturaleza en su estado más bello, con numerosas cascadas y bosque a cualquier lado que mires.


 Además, para aprovechar más nuestra estancia en el Monasterio de Piedra, nos quedamos a cenar y a dormir allí. Y la verdad, dormir en un antiguo monasterio tiene su punto y, por supuesto, cenar en el restaurante Reyes de Aragón es una auténtica delicia y a un precio bastante asequible, 24 €/persona con el menú que te ofrecen.

Tras dejar las maletas en nuestra habitación y sorprendernos con el largo pasillo con las antiguas celdas de los monjes, pusimos rumbo al interior del parque.


El recorrido se hace aproximadamente en un par de horas, todo depende del tiempo que te entretengas en sus saltos de agua y a fotografiar cada rincón.

 Aunque, como os comentaba antes, llevábamos ya tiempo esperando para poder visitar el Monasterio de Piedra, uno no se da cuenta de todo lo que puede ofrecer hasta que empieza a pasear por el parque. Nada más entrar, y tras cruzar El Vergel, nos encontramos con el lago de los patos. Luego le siguen la cascada Iris, el baño de Diana y la cascada Trinidad.


Tras este espectacular comienzo, tenemos la opción de separarnos un poco del trazado recomendado para ascender unas escaleras que nos llevarán al mirador de la Puerta Negra para disfrutar de las vistas del parque y del monasterio a lo lejos.
Deshacemos nuestros pasos y volvemos al sendero para seguir descubriendo cascadas y saltos de agua. Pasamos varias grutas (la Pantera, la Bacante y el Artista) y ya oímos el rugir del agua de la Caprichosa.







 Tras encontrarnos alguna que otra cascada más, nos sumergimos en la gruta Gris que nos lleva por la parte trasera de la cascada Cola de Caballo y que, por unos instantes, nos traslada al Caribe. Se nota la humedad y es que estamos detrás de una cascada preciosa y aunque las gotas de agua nos mojan, no podemos evitar reírnos  y disfrutar del momento.




A partir de este momento, el paisaje se relaja un poco, y nosotros con él. Pasamos por la piscifactoría en donde algunas truchas de un considerable tamaño son alimentadas por los visitantes que compraron pienso en la entrada del parque para ellas. 


 A los pocos minutos nos encontramos con el Lago del Espejo, lo bordeamos totalmente en silencio. Es tan relajante!!


 Tras tomarnos nuestro tiempo disfrutando del entorno y volviendo a visitar algunas de las cascadas que más nos gustaron, enfilamos el camino de salida pensando ya en la cena y en un sueño reparador en la comodidad de nuestra habitación, muy lejos de las incomodidades de aquellas celdas en donde dormían los primeros habitantes del monasterio.


Aunque en el Monasterio hay varias cafeterías para comer y cenar algo menos elaborado, nos damos el gusto de cenar en el restaurante principal, el Reyes de Aragón. El restaurante se encuentra en la primera planta del hotel y en el mismo salón en el que se sirve el desayuno buffet. Como entrante te sirven varios platos, en nuestro caso, Vichyssoise con jamón, pastel de marisco y migas; de plato principal podíamos escoger entre bacalao en tempura y trucha y en el postre nos quedamos con el flan de caramelo y una copa de manzana asada con helado.
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Decoración del restaurante

Tras dormir como dos angelitos y darnos un desayuno digno de reyes, hicimos las dos visitas que no nos había dado tiempo el día anterior, la guiada por el monasterio y la demostración de aves rapaces.

La visita guiada al monasterio dura unos 45 minutos y vale la pena, como siempre, hacerla de esta manera porque te enteras de muchos datos que de otra manera quizás no sabrías.

Los primeros monjes llegaron al Monasterio de Piedra en el s. XII y allí permanecieron hasta la famosa Desamortización de Mendizábal de 1835. Habría que esperar hasta 1844  cuando Juan Federico Muntadas transformó el monasterio en un hotel, la huerta en un jardín paisajista y construyó la piscifactoría de la que os hablamos unas líneas más arriba.
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Más tarde, en 1983 fue declarada Monumento Nacional y en 2011 se hizo con la Medalla al Mérito Turístico de Aragón.

Aunque durante la visita puedes entrar en varias estancias, la iglesia permanece en ruinas, pero según nos comentó la guía, aquí se celebran todavía bodas en los meses de verano.


La visita también nos lleva a un pequeño Museo del vino y es que una región como la que se encuentra el Monasterio de Piedra, el vino y la uva están siempre presentes.

Por cierto, sabíais que en las cocinas del Monasterio de Piedra se consumió por primera vez chocolate a la taza de toda España? Qué listos eran estos monjes que, además, después de buscar en todos los libros de los que disponían y no encontrar el cacao como alimento, dieron por sentado que si se tomaban una tacita de chocolate diaria no estaban faltando al ayuno que se les imponía en ciertas ocasiones.
Pequeña colección de carruajes a la salida del Museo del Vino

Nada más terminar nos fuimos a la exhibición de  aves rapaces y disfrutamos como niños cunado las enormes águilas nos pasaban rozando la cabeza. Las adiestradoras son super majas y explican con bastante detalle cada especie que nos presentan.




Y de este modo dábamos por terminada nuestra estancia en el Parque Natural del Monasterio de Piedra. Después de bastantes años esperando este momento, podemos deciros que valió la pena. El parque es espectacular. En un espacio relativamente pequeño se dan lugar varios saltos de agua, rodeados de un gran bosque y si podéis cenar y dormir allí, aparte de visitar el monasterio y asistir al espectáculo de aves rapaces, conseguiréis una estancia de lo más aprovechada y variada.